“Prefiero hacerme el loco, ya no quiero desgastarme más pidiéndoles que apaguen el teléfono, o que dejen de comer en clases. Prefiero quedarme con los que quieren aprender porque ya no puedo más. Nunca pensé en llegar a esto, no imaginé que podía llegar a no importarme lo que hicieran mis alumnos, pero la verdad es que no doy más. Si les quito el teléfono, llegan los apoderados a reclamar, si abordo un problema entre estudiantes, me reclaman que “porqué me meto en esto…”. Es difícil ser profesor hoy”. Josué, 54 años. Quilpué.